El peor año de mi vida.
La vida es como un largo pasillo rodeado de puertas, o como las llamamos comúnmente, oportunidades. Hay veces que las abrimos u otras simplemente, pasamos de largo. Cuando me adentré en esa nueva habitación, nunca pude imaginar lo que se me avecinaba.
Me centré en un objetivo. Mi futuro, mi vida, mi inicio, mi precursor, pero me ha destrozado en mil pedazos. Por dentro y por fuera.
Sentía las luces del cuarto apagadas, y risas a mi alrededor que luchaban por penetrar dentro de mi piel y torturarme a su paso. Mientras, yo me revolvía desesperada y luchaba contra alguien que me tiraba al suelo, me arrastraba, me gritaba, me torturaba, me ahogaba y yo no podía respirar, no me podía levantar. Lo único que pude hacer fue esperar tendida en el suelo a que el tiempo pasara e intentar sobrevivir. Fue una horrible pesadilla.
¿Y sabéis qué? Solo he perdido. He descuidado mi salud física, he destruido mi salud mental, he dejado de lado quién soy, pero sobre todo, he desatendido lo más valioso de mi vida. La gente que amo. Me volví testaruda, incomprensible, intratable, y he pagado las consecuencias. Lo siento.
Pero se acabó. Luché hasta que mi pulso fue prácticamente imperceptible y logré salir antes de que fuese demasiado tarde.
Todavía no he cerrado ese capítulo de mi vida. He apartado infinidad de obstáculos y deshecho numerosos enredos, pero aún hay un fino y delicado hilo enganchado a mi cintura.
Suena ridículo, pero a pesar de todo, me da miedo cerrar la puerta, dejarlo todo atrás. De todos modos, he aprendido a remar contra viento y marea, a salir a flote sin salvavidas ni bote y a no dejar que nada ni nadie pueda conmigo. Pero ni conmigo, ni con vosotros porque eres el dueño de tu vida, tus decisiones y tu largo viaje. Así que recuerda, por muy abundante que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes.
Nunca te olvides de vivir, por favor.